
Se acercaba con su amable redondez de carnaval.
El fileteado en la trompa y a los costados: lineas endragonadas, cintas de banderitas argentinas dibujadas.
Por dentro, arriba del tablero y supervisándolo todo, grandes espejos en panel. Tallados con nombres propios. De las novias (pensaba yo) o de las hijas. Algún banderín de fútbol. Fotos. Alguna estampita de la Virgen. Muñequitos que colgaban, o zapatitos de bebés, pendulaban, o dados gigantes que bailaban.
El volante nacarado. Lustroso. El cuello largo de la palanca de cambio enfundado en una tela-peluche fucsia o turquesa.
Por la tardecita el chofer se relajaba después de tanto cortar boletos y apagaba las luces blancas. Y ponía el casette de Scorpions o el de Roxette y ya con menos pasajeros dejaba el colectivo con luces violetas. Y yo, entonces, abría la ventanilla y el viento golpeba la cara. Y por la altura del colectivo, mirando desde arriba, uno se sentía poderoso y libre. Espectador de calles y de vidas. Y el cuerpo viajaba y los pensamintos también, veloces como rayos. Y el mirar para afuera hacía que uno mirara para dentro.
Fotos de boletos capicúas gentileza de PATRI y AGOS.




