
Mi primera bici fue una
Aurorita azul con rueditas. Mi hermana tenía una igual pero roja. Y así andábamos, gastando la vereda de la cuadra porque no nos dejaban bajar a la calle. Y después tuvimos que aprender a andar en serio, sin las rueditas, a mantener el equilibrio pedaleando rápido y el vértigo que se sentía al tener que frenar, y la manito que no alcanzaba el freno, lejos, detrás del volante, y el miedo a estrellarse contra el asfalto. Y entonces, venía la recompensa: la confianza de mamá que nos dejaba solas, miles y miles de vueltas a la manzana, con la calle para nosotras y tocando el timbre de la bici frenéticamente.
A los doce me moría de ganas de tener una bici de carreras, como la de Ivana M., era la época de los bicivoladores donde la moda era tener una bicicross. Y corrían veloces, pedaleando parados, el cuerpo más grande que la bici y dando saltos por el aire.
Nunca seguí la moda, así que yo continuaba con la ilusión de la bici de carrera y cuando íbamos a jugar a la casa de Ivana, ella nos la prestaba y entonces, andábamos por turnos. Iba rápido como un rayo esa bici, veloz, corría furiosa, más rápido que el viento de Bahía Blanca.
No se pudo. El médico le dijo a mi mamá que teníamos mala postura, escoleosis mejor dicho, y que nos recomendaba andar en bicis de paseo. Y así fue como recibimos de regalo unas lindas Mussettas, de color verde agua para mí, y lila para mi hermana. Lentas como una tortuga, pero con unos canastos blancos que eran una pituquería.